SETECIENTOS OCHENTA Y DOS CUARZOS

Miguel Benlloch_ cuarzos

Acción inter-espacial, denominada así por Miguel, en 1993. Consistió en la donación de cuarzos a diferentes amig+s y manifiesta su interés por las propiedades físicas y espirituales de las piedras, por la interrelación de la materia y el espíritu. Más allá del esoterismo y la transmisión de energía, encarna la idea de creación de vínculos y lazos con l+s otr+s revelados en sus acciones o en la mera transferencia de piedras con un carácter simbólico.

En el texto, de igual título, que escribe como documentación de la acción y presenta en los encuentros LA SITUACIÓN, en la Facultad de Bellas Artes de Cuenca, en 1993, Miguel escribe: «Otros y yo es la unidad a crear en la conciencia de nosotros». Desde entonces, ese «Otr+syyo», como posteriormente lo escribiría, es un concepto medular en el desarrollo de su obra.

El texto se publica en Acaeció en Granada.

Algunos de los cuarzos forman parte de La selva y Los lares de la casa, de la serie Signos.

Setecientos ochenta y dos cuarzos

En febrero de 1993, horas antes de cumplir treinta y nueve años, yendo hacia Bérchules, Juan Carlos me habló de la existencia de una mina de cuarzo en Las Alpujarras. Sentí una enorme curiosidad por conocer el sitio donde estaba y quedamos en ir a verla al día siguiente. El cuarzo es un cristal de carbono de enorme fragilidad y una dureza capaz de rayar el vidrio. Fragilidad y dureza unidas en un prisma lleno de energía.

Cuando llegamos al pueblo nos desaconsejaron subir por el estado en que se encontraba la pista debido a las últimas nevadas y nos informaron que la mina era una veta de la que algunos del lugar extraían el cuarzo para recoger un poco de dinero. En un bar, al que acostumbro a ir, nos oyeron hablar de los cuarzos y me ofrecieron comprar una bolsa con cristales. Mi intención no era hacer negocio y tuve dudas sobre si debía comprarlos, pero aquellos los compré por cuatro mil pesetas. Era un tesoro sin apenas valor económico, su valor residía en sus formas y en el sentimiento que la naturaleza despertaba en mí por su capacidad para crear algo útil más allá de los atributos estéticos. Esteticismo y economía están demasiado enlazados en los valores culturales y materiales.

Pensé que con ellos podría realizar un mapa del planeta y expresar, a través de las potencialidades del cuarzo, mis deseos de una tierra cargada con una energía renovadora. Deseché la idea. Más tarde pensé dejarlos sobre la mesa que guarda mi selva, pero ella no estaba preparada para recibir algo que fuera objeto de un pequeño comercio y fue creciendo la idea de su distribución.

Ya había regalado algunos, igual que otras veces he hecho con otras piedras que doy a quienes les han gustado al verlas en mi casa, pero en esta ocasión había notado al darlos una sensación más espiritual. Daba algo que tiene unas propiedades físicas, cargándose de otras propiedades y significados cuando los entregas a otros a quienes quieres señalar como parte de ti. Das algo que tú tienes para que otros tengan la fuerza y vitalidad que los cuarzos poseen y a la vez estén presentes en ti y tú en ellos. Esa constancia de las propiedades físicas y espirituales transmitiéndose mutuamente significados y creando otros nuevos, fruto de esa relación, me satisfizo.

Distribución, transmisión, devolución, relación, cercanía, eran ideas que surgían de ese acto de entregar una piedra a otra persona y me gustaba usar el cuarzo como un símbolo de mi relación con los otros, mis amigos y conocidos, gente que en un momento significan para ti y usas el cuarzo como algo que al donar recorre espacios que las palabras tardarían más tiempo en cruzar.

El cuarzo nunca deja de ser querido por quien lo recibe, sólo varía la intensidad en la apreciación de sus significados, dependiendo esta intensidad del mayor o menor conocimiento sobre el lenguaje propio que contienen las piedras, extraído del conocimiento físico que se tenga sobre ellas.

Siempre llevo cuarzos en el bolsillo y al entregar alguno elijo el que más me gusta. Me sorprendía el que esa elección se diera en mí independientemente del conocimiento y amor que yo tuviera por la persona a la que se lo entregaba.

Pensé que el arte es algo que se expresa desde la interrelación entre materia y espíritu, conocimiento y realidad. Este diálogo se producía en un espacio no exclusivamente físico, visible a un espectador, sino que el espacio de los cuarzos distribuidos no era aprehensible, nunca estaban quietos en un punto determinado, nunca eran visibles en su totalidad. Los cuarzos se mueven con quienes los tienen o permanecen en los lugares donde fueron dejados. El gesto de la donación transforma la fisicidad del cuarzo en una idea a través de la emoción y el conocimiento. Las ideas nos pueden llevar a lugares donde no hemos estado y proseguir en la búsqueda que transforme la realidad en una dirección más adecuada al reconocimiento de la existencia de otros y de uno mismo, interrelación constatable pero no visible, salvo en experiencias reducidas.

Otros y yo es la nueva unidad a crear en la conciencia de nosotros. No puede subsistir una cultura que no contenga esta unidad sino como cultura depredadora, occidente debe aprender otrosyyo sino quiere convertir el devenir en oscuridad definitiva.

El cuarzo es una afirmación más en la búsqueda y el afianzamiento del otros y yo. No es metáfora, es realidad y práctica real no sujeta a las tribulaciones del mercado, desactivándose sus mecanismos de significación si entrara en contacto con él. Su religión no es la del mercado. Sus oficiantes no pueden ser mercaderes.

Miguel Benlloch, 1993

Miguel Benlloch, Cuarzos, 1993; Cuarzos en Los lares de la casa, 2007
Fotos: Javier Andrada

Miguel Benlloch, Corazón, Cerebro_Cerebro, Corazón, 2010 
Foto: Cortesía Alicia Pinteño y Santiago Eraso




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Lazos


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